El último de mis días
Hoy salí de ese lugar, después de tanto tiempo de ir rutinariamente a él. Mientras caminaba por la puerta, el eco de la presentación que acabábamos de ver jugueteaba en la mente de algunos de nosotros. Para otros más, solo fue eso, una presentación.
Comencé mi camino por los pasillos, eran ya las diez con cinco de la noche, el lugar estaba desierto, el bullicio de la hora había caído ya.
Con pasos largos, y el frío abrazándonos, mi acompañante y yo nos dirigimos al estacionamiento del lugar. Bajamos las escaleras y tomamos cada quién nuestro camino.
En el auto me esperaba ese familiar olor a pino que desde hace una semana y media satura el espacio. Inicié el motor y pude escuchar a detalle cada sonido que este hacía. Fue cuando empecé a sentirme extraño. Reversa y estaba fuera del cajón, primera y dando la vuelta y después de un momento el piso vibrador de la salida a la calle.
Hice una llamada, sin más repercusión. Subí un puente y empecé a sentirme fuera de fase en el tiempo. Mientras bajaba, veía los autos moverse, los ciclistas peregrinos estorbar el tránsito y yo como en otro ritmo.
De repente me di cuenta, el silencio era porque el estéreo del auto estaba apagado. Sin embargo había algo más que me inquietaba. Era como si de pronto todos o casi todos hubieran muerto para mí.
Qué es la muerte para los que se quedan sino una despedida imposible de revertir. ¿Qué es la muerte para los que se van?
Tal vez se siente así. Un silencio abrumador, el tiempo pasando diferente para los que se quedan que para el que se va. Un montón de caras que no verás de nuevo.
Sé que iré de nuevo un par de veces o tal vez más. Pero será más como un recuerdo en la mente del que se quedó, viendo fantasmas, reflejos del que se fue.


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